domingo, 5 de octubre de 2014

Veinte años

Llegué por primera vez a Alemania en una noche oscura y fría, a principios de octubre de 1994. Lo ignoraba prácticamente todo acerca de este país, y de su idioma cargaba yo únicamente con las estructuras básicas. Pero la institución que me contrató tuvo a bien asignarme una persona que me fue a recibir al aeropuerto y en los días sucesivos me ayudó con todas las diligencias de rigor: la inscripción en el registro de habitantes, la contratación de un seguro médico obligatorio, y la búsqueda de alojamiento.
Recuerdo que en el trajín de la llegada perdí la que recuerdo como la mejor cámara que había tenido: una Yashica que le compré en República Dominicana a un sujeto al que apodaban "El intelecto". Esa es otra historia.
El primer departamento al que llegué en Colonia se ubica aún en el número 6 de la Koblenzer Strasse, justo detrás de un McDonald's que también ha subsistido pese al paso de las décadas. En aquel entonces pasaba por ahí un tranvía que me despertaba al pasar, a las cinco de la mañana.

Mi primer alojamiento en Alemania. Costaba 750 marcos a la semana. Viví ahí unos cuantos días.

Lo primero que hice a la mañana siguiente de mi llegada fue caminar unas cuantas cuadras, hasta llegar al río Rin. Desde entonces sus aguas son una de mis obsesiones.
Entonces, Alemania era un país que vivía bajo sus propias reglas, las cuales me tocó aprender de manera rápida y no siempre armoniosa. En 1994, por ejemplo, todos los comercios cerraban a las seis y media de la tarde entre semana, y a las dos de la tarde en sábado. No había excepciones. Romper esta norma conllevaba una multa de decenas de miles de marcos alemanes, y nadie se arriesgaba a hacerlo. Esto se debía a la Ladenschlussgesetz, una normativa que pretendía evitar saqueos en tiempos de la posguerra y que las autoridades germanas corrigieron apenas hace algunos años.

Ante la Ladenschlussgesetz, este McDonald's evitó muchas veces que muriera yo de inanición.


Comunicarse con el exterior no era difícil, pero sí muy caro. La telefonía dependía del monopolio estatal. Era un servicio excelente en su calidad, pero prohibitivo para quienes teníamos lazos con el exterior. Internet prácticamente no existía.
El comercio alemán tampoco conocía la economía a crédito. Usar una tarjeta de ese tipo le causaba a uno problemas y hasta disgustos, además de que en ningún comercio las aceptaban.
En lo político gobernaba Helmut Kohl, "el canciller eterno", y su ministro de Finanzas, el bávaro Theo Waigel, proclamaba a gritos: "Alemania no es un país de inmigrantes". Alemania era un país duro, y no había el "hipe" que se vive desde el Mundial de Fútbol de 2006.

En esta tienda compré mi primer despertador en Alemania.

La Bonner Straße en 2014.


En la calle no se hablaba otro idioma que el alemán. E incluso, los que hablamos esa lengua con evidente acento a menudo nos enfrentábamos con malos tratos.
Una mañana de noviembre, mientras caminaba por primera vez al trabajo, algo comenzó a caer del cielo y vi, a mis 31 años, mi primera nevada.
No existían los taxis aéreos ni las líneas de bajo costo. El medio de transporte por excelencia era otro monopolio: los ferrocarriles de la Deutsche Bahn. Cosa que a mí me encantaba, pues para mí no hay nada como viajar en tren. 
Hoy, muchas cosas son distintas. Los comercios abren hasta las ocho de la noche, e incluso, los supermercados hasta las 22 horas.
La población se ha abierto al mundo y el gobierno, orillado por el cambio demográfico, acepta hoy la innegable realidad de la inmigración como factor de cambio económico. Sin la economía y el consumo que generamos los extranjeros, lo que queda del Estado social alemán colapsaría sin remedio. Es sin duda otra Alemania, para bien y para mal.
Habría muchas cosas más que contar sobre mi llegada. Pero el espacio y la paciencia de los lectores son breves.  Lo que quise decir con estas líneas es dejar constancia de cuán larga es ya mi relación con Alemania. Dos décadas. Hoy se dice fácil. Pero en este caso, veinte años son mucho. Y a esta historia aún le falta suficiente camino por andar.

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