sábado, 2 de agosto de 2014

La lenta muerte de Altenahr

Como si fuera un flashback de la película "El resplandor", puedo imaginarme hace 25 o 30 años a las iluminadas marquesinas de los salones de baile en Altenahr. A parejas felices, elegantes, perfumadas y medio embriagadas con el excelente vino del lugar, recorriendo los amplios salones de baile e intercambiando ritmos country por valses de compases rígidos y elocuentes. Y a las mismas personas, acabando las tibias noches de verano en un colchón seductor, en alguno de los repletos hoteles del lugar.

Pienso en restaurantes de frescos muros de piedra, y en meseros poco diligentes sirviendo apetitosas viandas a diplomáticos e invitados especiales. En comerciantes de vino que, sin necesidad siquiera de extender el brazo, recogían la riqueza de una localidad en bonanza. Me puedo imaginar al pueblo de Altenahr, ubicado en plena zona vinícola de Alemania, gozando de la fortuna de saberse rica y cercana a Bonn, entonces el centro político de Alemania.


También me puedo imaginar la noticia fulminante, de impacto lento. El traslado de la capital, de Bonn a Berlín. Las promesas políticas de que ello no afectaría a los intereses locales. El miedo. La incertidumbre. Y luego, la pausada certidumbre de que la economía comenzaba a venirse abajo.

Enceguecida por altibajos coyunturales, la población de Altenahr ha vivido a lo largo de dos décadas en la negación, en tanto la realidad lo permite, de que los años dorados algún día volverán. Desde la primera vez que fuimos ahí, pudimos respirar el tufillo de decadencia que hasta hace poco era soportable. Las señales estaban ahí: los restaurantes clausurados, los hoteles vacíos. Los rancios platillos decimonónicos.

De alguna manera, el hermoso panorama del Valle del Ahr y el vino lo salvaban todo. Además, quedaba una importante ancla tanto para el turismo como para la tradición lugareña: el teleférico, que en este video capté hace cuatro años sin saber que no habría la oportunidad de vivirlo de nuevo.



Pero en 2011, alguien dio un golpe mortal y silencioso a la economía de Altenahr. El teleférico, que entre tanto era una de las principales atracciones del pueblo, dejó de funcionar. Aún hoy, muchos no lo saben. "Es triste", me comenta un turista que, decepcionado como yo, contempla la ruina de lo que alguna vez fue sitio emblemático del Valle del Ahr.


Y es que el cierre del teleférico tuvo una ola expansiva. La parte que colinda con él luce un irremediable abandono. El enorme estacionamiento, vacío. Los locales donde se servía el típico Kaffee und Kuchen, o el muy alemán pastel de cerezas, esperan a que alguien los demuela. No hay risas, ni niños que jueguen junto al riachuelo. Las perfumadas pieles se han marchitado. Pocos hoteles siguen funcionando.


Los locales son testigos mudos de otra época. Sus dueños, si es que aún viven, aún esperan un milagro para poder vender los terrenos a precio más o menos decente.


La economía, dicen los relatores, fue la que se impuso. Mientras en los años setenta se registraban cerca de 400.000 ascensos por el teleférico, en la última temporada fueron solo 47.500. La curva descendente era perceptible desde los años ochenta. Sin duda una de las causas de esta lenta muerte fue la negación de los lugareños, su obstinación a vivir en la nostalgia y su incapacidad de inventarse mercados turísticos distintos.

Nadie la encarna mejor que Sybille, mujer que vive sola en un hotel de su propiedad, pero cerrado hace mucho tiempo. No tiene dinero para el mantenimiento, dice, y para sobrevivir se para cada domingo a la puerta de su casa a fin de vender mermelada de vino, que por momentos es lo único que se escapa al insípido panorama circundante.

Pero también jugó un papel la disminución de las corridas de autobuses que comunicaban a Altenahr con grandes ciudades. La sostenibilidad de la ciudad, o por lo menos de una buena parte de ella, parece peligrar, mientras que otros poblados cercanos como Bad Neuenahr o Bad Münstereifel cosechan las migajas de lo que Altenahr dejó.

En cada una de nuestras visitas anuales a Altenahr veíamos cada vez más muestras de resquebrajamiento. Pero en la de hoy, sentí un frío mortal. Si siguen así las cosas, en nuestro próximo viaje veremos un pueblo fantasma, en pleno oeste alemán.