Hace 20 años, a poco de haber llegado, llegué a una conclusión que aún considero válida: lo que me aterra al comparar a Alemania con mi país de orígen no son las diferencias, sino las semejanzas. Este blog tiene como propósito explorar algunas de ellas, y analizar cómo se acentúan en el marco de la crisis económica europea.
viernes, 12 de junio de 2015
miércoles, 15 de abril de 2015
Joya urbana
Desde hace un par de años, esta chica aparece por doquier en el panorama urbano de Alemania. Anuncia, aparentemente con gran éxito, distintas marcas de prendas femeninas. ¿Quién dice que los alemanes, aún en tiempos de crisis, carecen de pasiones?
Etiquetas:
Alemania,
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Ubicación:
Bonn, Alemania
lunes, 16 de marzo de 2015
Paréntesis por Aristegui
Hoy este blog hace un paréntesis en cuanto a los temas alemanes, para deja lugar a un asunto de actualidad en México: el despido de Carmen Aristegui y su equipo. Actualidad, relativamente. Porque la siguiente narración pretende ilustrar un modus operandi típico del estilo de gobernar salinista y neosalinista, en lo que tiene que ver con la crítica.
Hace 27 años, en pleno albor del gobierno salinista, alguien se molestó porque Televisa retransmitió una serie de entrevistas con Joaquín Hernandez Galicia, alias "La Quina". Éste era el peor enemigo del salinismo por su enorme poder dentro del sindicato petrolero, algunos de cuyos sectores habían ofrecido apoyo a Cuauhtémoc Cárdenas, candidato del Frente Democratico Nacional en las elecciones presidenciales de 1988. Seguramente, todo comenzó con un telefonazo. En Televisa había dos directores de Noticias, Jacobo Zabludowsky y Guillermo Ochoa, pero en realidad la empresa había entregado el manejo editorial de sus noticias al entonces director de Comunicación Social de Presidencia, Otto Granados Roldán (hoy embajador en Chile). Granados controlaba férreamente los contenidos de los noticieros de Televisa, en especial de "24 Horas". Hablaba diario para ordenar qué, como y cuándo se informaba en ese programa.
La entrevista con "La Quina" irritó al gobierno salinista. Curiosamente, el día de su transmisión Ochoa se encontraba de vacaciones, según recuerdo, en Nuevo Laredo. Fue consultado, pero no condujo el programa el día de la mencionada transmisión. Yo trabajaba como jefe de redacción de "Nuestro Mundo", el programa de Ochoa, gracias a la generosidad de mi colega Juan Humberto Vital. A mis 24 años, sabía que el puesto me quedaba grande. Pero a esa edad no se rechazan los retos, y yo no quería ser el "eterno redactor" al cual se refirió Ochoa cuando hablamos por primera vez.
Pese a lo rimbombante del título, yo no tenía injerencia alguna en los contenidos del programa, a no ser por unas cápsulas noticiosas que se transmitían cada hora, conducidas por Lourdes Ramos. Mi tarea consistió, en una primera fase, en llegar a las cinco de la mañana y tener todo preparado para la llegada de Ochoa, a eso de las seis. Tenía que corregir/actualizar los scripts que dejaba el turno nocturno, y ver qué noticias había, para comentarlas con Ochoa y, en su caso, incorporarlas al programa. Durante éste, debía monitorear las noticias, y salir corriendo al estudio en caso de que hubiera algo urgente. En una fase posterior, meses más tarde, me tocaba llegar a las once de la mañana, salír a comer a las 14 horas, regresar a las 17, y permanecer en la redacción hasta que caía la noche.
El viernes después de la transmisión de la entrevista con "La Quina", salí a comer y al regresar noté que pasaban cosas extrañas. Según recuerdo, grupos de utileros desmantelaban la oficina de Ochoa. Era claramente una demostración de poder. No recuerdo cómo me enteré: Ochoa había sido cesado de manera fulminante por la entrevista con "La Quina". Al día siguiente recibí una llamada telefónica: "Ya nos quedamos sin chamba", me dijo la voz. Sin dudarlo, me fui con mi amigo el Dr. Bolavsky a la ex panadería La Veiga, donde él, el poeta David Huerta y otros simpáticos personajes solían tomar whisky con profusión. Tras unas cuantas copas, Bolavsky me invitó a una fiesta por el cumpleaños de Saúl Hernández, cantante de Caifanes.
El reventón fue en una casa en el sur de la ciudad. A partir de entonces, mis recuerdos de la velada son muy vagos. Al día siguiente, Ochoa nos citó en su residencia. Recuerdo haber salido de mi casa, pero en cambio, no guardo en la mente ninguna imagen precisa de la reunión. También recuerdo que el lunes siguiente nos ordenaron firmar nuestra "renuncia", entregar el gafete, y cobrar el finiquito. Bueno, no todos. Porque como me dijo Ochoa algunos días después: "Entiendo que me corran a mí. Pero ¿por qué a usted? ¿Por qué a mensajeros y secretarias?". Y es que, en efecto, quienes fuimos corridos tuvimos poco o nada que ver con la decisión de transmitir al entrevista. Pero había que entregar cabezas, y la mía fue una de ellas. Otros editores, reporteros y redactores felizmente se quedaron en Televisa, quién sabe cómo ni por qué.
Semanas más tarde logré entrar a la oficina de Zabludowsky, para sondear la última posiblidad de regreso a la empresa. Luego de explicarle "mi caso", fue hacia su escritorio, sacó una carpeta negra y la abrió. Dentro estaba una lista como de diez nombres. Tras revisarla, solo me dijo "no te puedes quedar" y, olvidando su tradicional caballerosidad, prácticamente me corrió de su oficina.
El lío no paró allí. A lo largo de los siguientes años recibí por lo menos dos ofertas de personajes importantes para trabajar de nuevo en Televisa; sin embargo, el veto contra mi persona prevaleció, como si hubiese tenido realmente alguna responsabilidad por la supuesta "deslealtad" que Emilio Azcárraga Milmo, Miguel Alemán Velasco y otros ejecutivos del consorcio reprocharon a Ochoa.
Incluso éste regresó a trabajar hace unos años a Televisa, fruto, supongo, de su disciplina al aguantar los largos años de exilio. Pero luego renunció.
Cuento lo anterior por las posibles similitudes que pudiera tener este caso con el de Aristegui y sus reporteros. En 27 años, el modus operandi del salinismo (hoy peñismo) y de los medios en México no ha cambiado: complicidad con los medios, presiones, intimidaciones, represalias, vetos. Me puedo imaginar muy bien la presión sobre los dueños de MVS, la falta de integridad de éstos, y el ulterior sacrificio del equipo periodístico. Es decir, que todo este relato es para dar cuenta de una triste realidad en México. Luego de décadas, nada ha cambiado en la manera como el gobierno percibe y asume la libertad de información. No aprenden.
Hace 27 años, en pleno albor del gobierno salinista, alguien se molestó porque Televisa retransmitió una serie de entrevistas con Joaquín Hernandez Galicia, alias "La Quina". Éste era el peor enemigo del salinismo por su enorme poder dentro del sindicato petrolero, algunos de cuyos sectores habían ofrecido apoyo a Cuauhtémoc Cárdenas, candidato del Frente Democratico Nacional en las elecciones presidenciales de 1988. Seguramente, todo comenzó con un telefonazo. En Televisa había dos directores de Noticias, Jacobo Zabludowsky y Guillermo Ochoa, pero en realidad la empresa había entregado el manejo editorial de sus noticias al entonces director de Comunicación Social de Presidencia, Otto Granados Roldán (hoy embajador en Chile). Granados controlaba férreamente los contenidos de los noticieros de Televisa, en especial de "24 Horas". Hablaba diario para ordenar qué, como y cuándo se informaba en ese programa.
La entrevista con "La Quina" irritó al gobierno salinista. Curiosamente, el día de su transmisión Ochoa se encontraba de vacaciones, según recuerdo, en Nuevo Laredo. Fue consultado, pero no condujo el programa el día de la mencionada transmisión. Yo trabajaba como jefe de redacción de "Nuestro Mundo", el programa de Ochoa, gracias a la generosidad de mi colega Juan Humberto Vital. A mis 24 años, sabía que el puesto me quedaba grande. Pero a esa edad no se rechazan los retos, y yo no quería ser el "eterno redactor" al cual se refirió Ochoa cuando hablamos por primera vez.
Pese a lo rimbombante del título, yo no tenía injerencia alguna en los contenidos del programa, a no ser por unas cápsulas noticiosas que se transmitían cada hora, conducidas por Lourdes Ramos. Mi tarea consistió, en una primera fase, en llegar a las cinco de la mañana y tener todo preparado para la llegada de Ochoa, a eso de las seis. Tenía que corregir/actualizar los scripts que dejaba el turno nocturno, y ver qué noticias había, para comentarlas con Ochoa y, en su caso, incorporarlas al programa. Durante éste, debía monitorear las noticias, y salir corriendo al estudio en caso de que hubiera algo urgente. En una fase posterior, meses más tarde, me tocaba llegar a las once de la mañana, salír a comer a las 14 horas, regresar a las 17, y permanecer en la redacción hasta que caía la noche.
El viernes después de la transmisión de la entrevista con "La Quina", salí a comer y al regresar noté que pasaban cosas extrañas. Según recuerdo, grupos de utileros desmantelaban la oficina de Ochoa. Era claramente una demostración de poder. No recuerdo cómo me enteré: Ochoa había sido cesado de manera fulminante por la entrevista con "La Quina". Al día siguiente recibí una llamada telefónica: "Ya nos quedamos sin chamba", me dijo la voz. Sin dudarlo, me fui con mi amigo el Dr. Bolavsky a la ex panadería La Veiga, donde él, el poeta David Huerta y otros simpáticos personajes solían tomar whisky con profusión. Tras unas cuantas copas, Bolavsky me invitó a una fiesta por el cumpleaños de Saúl Hernández, cantante de Caifanes.
El reventón fue en una casa en el sur de la ciudad. A partir de entonces, mis recuerdos de la velada son muy vagos. Al día siguiente, Ochoa nos citó en su residencia. Recuerdo haber salido de mi casa, pero en cambio, no guardo en la mente ninguna imagen precisa de la reunión. También recuerdo que el lunes siguiente nos ordenaron firmar nuestra "renuncia", entregar el gafete, y cobrar el finiquito. Bueno, no todos. Porque como me dijo Ochoa algunos días después: "Entiendo que me corran a mí. Pero ¿por qué a usted? ¿Por qué a mensajeros y secretarias?". Y es que, en efecto, quienes fuimos corridos tuvimos poco o nada que ver con la decisión de transmitir al entrevista. Pero había que entregar cabezas, y la mía fue una de ellas. Otros editores, reporteros y redactores felizmente se quedaron en Televisa, quién sabe cómo ni por qué.
Semanas más tarde logré entrar a la oficina de Zabludowsky, para sondear la última posiblidad de regreso a la empresa. Luego de explicarle "mi caso", fue hacia su escritorio, sacó una carpeta negra y la abrió. Dentro estaba una lista como de diez nombres. Tras revisarla, solo me dijo "no te puedes quedar" y, olvidando su tradicional caballerosidad, prácticamente me corrió de su oficina.
El lío no paró allí. A lo largo de los siguientes años recibí por lo menos dos ofertas de personajes importantes para trabajar de nuevo en Televisa; sin embargo, el veto contra mi persona prevaleció, como si hubiese tenido realmente alguna responsabilidad por la supuesta "deslealtad" que Emilio Azcárraga Milmo, Miguel Alemán Velasco y otros ejecutivos del consorcio reprocharon a Ochoa.
Incluso éste regresó a trabajar hace unos años a Televisa, fruto, supongo, de su disciplina al aguantar los largos años de exilio. Pero luego renunció.
Cuento lo anterior por las posibles similitudes que pudiera tener este caso con el de Aristegui y sus reporteros. En 27 años, el modus operandi del salinismo (hoy peñismo) y de los medios en México no ha cambiado: complicidad con los medios, presiones, intimidaciones, represalias, vetos. Me puedo imaginar muy bien la presión sobre los dueños de MVS, la falta de integridad de éstos, y el ulterior sacrificio del equipo periodístico. Es decir, que todo este relato es para dar cuenta de una triste realidad en México. Luego de décadas, nada ha cambiado en la manera como el gobierno percibe y asume la libertad de información. No aprenden.
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